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El acemilero talentoso

Autor: Francisco J. Briz Hidalgo

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Tres caminantes llegaron desfallecidos, una fría noche de lluvia y tormenta, a una posada de Castilla.
Como la posada estaba llena y la posadera solo tenía una habitación disponible les ofreció dormir los tres juntos, a lo que los viajeros accedieron.

Dado que no se fiaban los unos de los otros, decidieron dejarle todo el dinero que llevaban a la posadera, con la condición de que no debía entregárselo a ninguno por separado, sino cuando fueran todos juntos a pedírselo.

La posadera prometió cumplir con el encargo y después de cenar los tres se fueron a dormir.

Como sintieron frío, decidieron que uno de ellos fuera a pedir un cobertor a la posadera. Pero el viajero, queriendo llevarse todo el dinero, dijo a la posadera:

- Mis compañeros me encargan que os pida el dinero.

Entonces la posadera contestó:

- No os lo puedo entregar, tenéis que venir los tres a pedírmelo.

El viajero insistió:

- Lo ordenan mis amigos.

Entonces la posadera fue a la habitación y se quedó en la puerta. El viajero entró y dijo, en voz baja, a los otros dos:

- Afuera, está la posadera para comprobar que necesitamos el cobertor.

Ellos exclamaron:

- Posadera, ¡dáselo!

La posadera fue a buscar el dinero y se lo entregó. El viajero ladrón tomó el dinero y escapó.

Al día siguiente los otros dos esperaron su vuelta en vano. Como reclamaron a la posadera ella les dijo:

- Llegó vuestro compañero y le entregué el dinero, porque vosotros me ordenásteis: «dáselo».

- Nosotros decíamos solamente que le dierais el cobertor -contestaron.

- Pero él me pidió el dinero -replicó la posadera.

Entonces la llevaron ante el juez de aquella comarca y presentaron esta querella:

- Señor juez, sabed que nosotros éramos tres viajeros que dormíamos en la misma habitación y habíamos encargado a la posadera que guardara nuestro dinero y que solo lo entregara si se lo pedíamos los tres juntos, pero ella dice que se lo ha dado al otro viajero que ya se ha marchado.

El juez ordenó a la posadera que les devolviera el dinero, pero ella dijo:

- Ya no lo tengo, se lo di todo al otro viajero.

El juez dio dos dias de plazo a la posadera para que entregara el dinero y ella marchó a la posada pensando que aquello sería su ruina y que perdería la posada. Entonces el chico que cuidaba las cuadras le dijo:

- ¿Qué os ocurre posadera?

La posadera contó al acemilero lo ocurrido y éste le preguntó:

- Si os ayudo, ¿me daréis la mitad de la posada?

- Si me ayudas -contestó la posadera- seremos socios.

- Pues bien, volved junto al juez y decidle ansí: «Como ya sabéis, señor juez, los tres viajeros me confiaron el dinero y me encargaron que no se lo entregara a ninguno de ellos por separado, dígales que vayan a buscar a su compañero y cuando estén los tres juntos se lo devolveré».

Entonces la posadera volvió al juez y dijo lo que había escuchado del acemilero.

El juez preguntó a los viajeros:

- ¿Fue éso lo que encargásteis a la posadera?

- Sí, -dijeron ellos.

El juez dictó sentencia:

- Id a buscar al tercer viajero y se os entregará el dinero.

Después, dándose cuenta de que alguien había aconsejado a la posadera, le preguntó:

- Decidme, posadera, ¿quién os ha aconsejado?

- Mi acemilero.

- Un chico con talento -dijo el juez.

A partir de entonces la posadera y el acemilero fueron socios.

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